Sin competencia no hay paraíso

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Fotografía: Steven Saphore/ REUTERS
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Lo comprendieron las antiguas repúblicas soviéticas, los chinos, la extinta Alemania Oriental y, en general, todos aquellos países que experimentaron con el modelo socialista cuya insalvable falla tectónica gira en torno a su notoria incapacidad para hacer coherente el discurso utópico con las posibilidades reales de recrear la igualdad a toda costa y a cualquier precio, incluyendo hambrunas y enajenación de la condición humana. Al final, terminan siendo cortinas para constituir estados todopoderosos, consolidar nuevas oligarquías, suprimir la voluntad ciudadana y las libertades, en general, a conveniencia de la planificación centralizada, administración de la escasez y construcción de barreras a la propiedad privada, cuando no su abolición total. Dichas sociedades terminaron por reinventar el esclavismo.

Extendiendo la mirada al futuro se está imponiendo, a escala planetaria, la opción de sociedades que se hacen interdependientes, que consolidan sus capacidades productivas, científicas, innovativas y tecnológicas al servicio de la creciente demanda de bienestar que moviliza a cada vez más gente en todo el mundo. La sociedad del conocimiento, cuyo centro es la formación de capital humano, aspira poder ser capaz de dominar el diseño y desarrollo de sistemas complejos para producir más con menos, expandir los servicios,  globalizar las marcas, experimentar con nuevas fuentes energéticas y materiales alternativos, automatizar procesos, mapear necesidades, profundizar en las motivaciones de los consumidores, etc.

La educación se convierte en el gran factor de diferenciación entre países que se visualizan modernos, competitivos, productivos, que fomentan condiciones para la calidad de vida de sus ciudadanos, generación tras generación. Son los mismos que impulsan a que el mundo trascienda ideas obsoletas de poder según lo que se tiene. El poder es, ahora, según lo que se sabe y lo que se hace con lo que se sabe.

Por ejemplo, el elocuente contraste entre Japón que sin tener nada que explotar en su territorio y, sin embargo, es una gran potencia mundial por lo que ha hecho con su capacidad para generar conocimientos y; Venezuela, con las inmensas riquezas sembradas en su subsuelo, estando hoy entre los países más peligrosos y pobres del planeta. Obviamente, hay asuntos culturales, de gobernabilidad, valores y tradiciones que tienen peso a la hora de describir las diferencias entre países, pero lo que subyace, realmente, es la voluntad humana y colectiva por estar en mejor posición en el presente y en el futuro. Competitividad es la matriz.

Se requieren individuos competentes para procurar sociedades competentes. De hecho son estas sociedades las que mejor preparadas están para modelar un mundo sustentable. Llámese capitalismo salvaje, neoliberalismo ortodoxo, capitalismo social de mercado o cualquier otra variante que etiquete de forma bien o malintencionada lo que en la actualidad diferencia a países ricos, de países en transición y países pobres, lo cierto es que en ningún otro periodo histórico de la civilización tanta gente ha gozado de mejor bienestar económico, acceso a servicios, movilidad, expectativas de vida y satisfacción de aspiraciones.

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Sociólogo con postgrado en ciencias políticas. Presidente de la Fundación Foro de Innovación y Tecnologías Limpias. Ex-presidente del Fondo Venezolano de Reconversión Industrial y Tecnológica.

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