La Inflación: Un fenómeno monetario

Fotografía: Archivo

La falta de comprensión sobre las verdaderas causas de la inflación, es una de las razones por la cual los controles de precios y salarios han tenido una extensa historia de fracasos e ineficacia, ya que actúan como supresor de los síntomas, mas no curan la enfermedad inflacionaria. Empezaré por considerar que la causa generadora de inflación no tiene discusión y la más relevante se apoya en la expansión monetaria, y que, aunque no es la única; puede considerarse una condición fundamental.

En su libro “4000 años de controles de precios y salarios, como no combatir la inflación” Robert L. Schuettinger y Eamonn F. Butler describen las condiciones subyacentes generadoras de inflación de la siguiente manera: 1- Cuando los gastos se expanden con mayor rapidez que el aumento en la oferta de bienes y servicios, la expansión permite e impulsa un alza en el nivel de los precios 2- La expansión en la demanda global puede generarse por el incremento en los gastos de gobierno o por un alza crítica en la demanda privada. Nuevamente, cuando dicha expansión es mayor que la expansión de la oferta de bienes, servirá de apoyo para un alza en el nivel de precios 3- Dichos incrementos en la demanda y en los gastos sólo pueden ocurrir cuando la emisión monetaria es superior a la demanda de equilibrio monetario. Cuando esto sucede, el excedente de moneda circulante comenzará a producir una demanda global excesiva, suponiendo que la oferta de bienes no se expanda conforme al incremento monetario.

Lo mencionado anteriormente sostiene la hipótesis de Milton Friedman que la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario, generado principalmente por la expansión de la oferta de dinero en circulación por sobre el nivel de producción, es decir, la regla es que los precios en promedio, dependen de la relación entre el dinero en circulación y la producción, por tanto; habrá inflación cuando el dinero en circulación aumente con mayor rapidez que el valor de la producción total de bienes y servicios de la nación, y por otra parte los precios se estabilizarán cuando la moneda aumente en la misma proporción de la producción.

De manera que, la única manera de reducir o eliminar la inflación es disminuyendo el aumento de la moneda en circulación, para equilibrarla con el crecimiento real de la economía, todo esto parece indicar que si los encargados de elaborar política económica adoptaran tal consejo no habría necesidad de implementar controles de precios y salarios; ya que la inflación en cuanto a sus fines prácticos quedaría eliminada.

Lo dicho hasta aquí supone que, controlar los precios y decretar aumentos salariales no ofrece ninguna solución. Al contrario de eso genera un efecto perjudicial y agravante al proceso inflacionario; ya que interfiere negativamente en el sistema de mercado, precipitándolo a una transformación de economía centralizada. Hay que mencionar, que los controles niegan el principio de la ganancia, se usan con fines no económicos, el ente regulador pasa a ser más importante que el mercado, a su vez los controles desvían la atención de las verdaderas causas de la inflación y sirve de excusa para la inacción del gobierno.

Los anteriores conceptos se esclarecen, con lo ocurrido en el siglo XIX en la confederación de Estado Americanos en plena guerra de secesión, donde se pusieron en práctica distintos tipos de controles de precios y salarios. Entre los años 1861 y 1864 el sur era azotado por una inflación aproximada de 10% mensual que duró unos 31 meses consecutivos; y la razón se debe a que los Estado confederados financiaron la guerra con emisión de moneda; en lugar de recurrir a medidas tributarias. En septiembre de 1862 se promulgó una ley que autorizaba la emisión de billetes suficientes para sufragar los gastos públicos, lo que trajo como consecuencia la caída vertiginosa del valor de la moneda. Los precios se elevaban a medida que aumentaba la cantidad de billetes en circulación, y por lo tanto, la confianza en la moneda también decayó.

En vano resultaron los esfuerzos sureños para mantener los precios frente a presiones inflacionarias tan fuertes. Los intentos de la confederación para fijar precios oficiales a una amplia gama de artículos estaban predestinados al fracaso. Las listas de precios «fijos» debían reajustarse una y otra vez. Por ejemplo, entre mayo de 1863 y marzo de 1865, el precio fijo del tocino se incrementó de U$S 1 a U$S 4 por libra. El poroto, otro artículo básico en la dieta de los soldados, aumentó de U$S 4 a U$S 30 por bushel. Sin lugar a dudas, estos aumentos sucesivos en los precios de los artículos alimenticios generaron una gran incertidumbre, inseguridad y angustia.

Por lo anteriormente descrito, la inviabilidad de los controles en Venezuela se ha hecho patente, quedando demostrada la ineficacia de los mismos. La hiperinflación que está causando la vertiginosa pobreza actual debe ser atacada, no con controles si no con la implementación de políticas racionales en el ámbito monetario y fiscal, además de productivo. Insisto, la inflación debe ser abatida; hay que eliminar los déficits públicos que han llevado al gobierno a obligar al BCV a financiarlos con dinero sin respaldo, y así evitar las consecuentes expansiones monetarias, se debe devolver la autonomía al Banco Central de Venezuela donde se fijen metas anuales de inflación e implemente políticas orientadas al logro de esos objetivos. Además, hay que incentivar la inversión privada con el fin de aumentar y diversificar la producción de bienes y servicios. Y para concluir, se debe eliminar de una vez por todas los controles y excesivas regulaciones que impide el correcto funcionamiento del mercado.


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