La indigencia como idiosincrasia

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Que duro y difícil es ver como gradual y paulatinamente se va perdiendo la identidad del venezolano, esto como consecuencia de la pérdida de otros valores como la dignidad, respeto, patriotismo, civismo, entre otros. Muchos de ellos rumbo a su extinción y otros deformados de tal manera que ya no se sabe ni que eran ni que son; producto de una tergiversación de principios o la ausencia de estos, que permiten rellenar con cualquier basura esa base de la personalidad del individuo.

Lamentablemente desde hace varios lustros atrás, hemos permitido que nuestro sistema político nos inculque el populismo como estrategia política, el cual se puede definir, según el catedrático español José Álvarez Junco, en su artículo “Virtudes y peligros del populismo”, publicado en el diario El País (Madrid). Como una corriente política con características objetivas, donde destacan aspectos como la simplificación dicotómica (no hay matices, o estás conmigo o estás contra mi), el antielitismo (propuestas de igualdad social o que pretendan favorecer a los más débiles), el predominio de los planteamientos emocionales sobre los racionales, la movilización social, el liderazgo carismático, la imprevisibilidad económica, el oportunismo, etc.

Jacobinos y girondinos por igual nos han encausado en ese torrente de parasitismo estatal, donde el mejor gobernante no es el más preparado o el que tenga mejores ideas de desarrollo, sino el que más “me dé”; y lo escribo entre comillas porque esas dádivas, ofrendas, donativos o beneficios nunca salen de sus bolsillos sino de erario nacional que a fin de cuentas es alimentado (al menos en una parte) por nuestros impuestos, que a su vez representan parte de nuestros ingresos personales.

Es decir, que, aunque los funcionarios públicos sean nuestros empleados, ya que sus sueldos provienen (al menos en parte) de nuestra contribución en impuestos; no tenemos la voluntad de exigir un buen ejercicio de sus funciones. Al contrario, debemos honrarlos y agradecerles el hecho de haber consumado todo tipo de delitos de corrupción a cambio de algún beneficio recibido. Muchas veces hemos escuchado a alguien rechazar el ejercicio de algún gobernante porque “a mi no me ha dado nada”.

Lo peor es que no se vislumbra aún ninguna luz al final del túnel populista, cambiaremos del carril derecho al izquierdo y viceversa, pero no conseguimos terminar de recorrer ese pasillo populista que tanto daño nos ha hecho. La razón es porque no sabemos cómo hacerlo, no nos han educado para eso; el sistema educativo en el que nos formamos tiene como único objetivo transformar nuestro carácter hasta convertirnos en perros dóciles y fieles. A veces pareciera incluso que la intención real y no declarada es la de convertirnos a todos en ovejas para que la totalidad del grupo resulte fácil de pastorear. Esta tendencia no solo es exclusiva del campo educativo, sino que impregna a todo el sistema social, desde las empresas hasta la burocracia o a cualquier aspecto de la realidad del país.

Mientras no seamos ciudadanos críticos y políticos, tomando este término como lo define el latín “politicus” como “de, para o relacionado con los ciudadanos”; nos seguirán utilizando y manteniendo con dádivas que nosotros mismos financiamos, cambiando nuestra dignidad por un trozo de pan, sobreviviendo de lo que el Estado tenga a bien darme, pidiendo regalado sin mostrar pudor alguno o simplemente robarlo antes de hacer cualquier esfuerzo para merecerlo y ganarlo.

Todo esto converge en que la responsabilidad de este ex país la tenemos todos como sociedad, ya que la anarquía, el fanatismo, la ignorancia y el conformismo han prevalecido sobre la responsabilidad colectiva, que no es más que un “deber se” incuestionable, es la actuación solidaria frente al prójimo, una actitud frente al semejante que es al mismo tiempo tan plural como inclusiva. Y para ello se requiere de una profunda como innegociable intervención cooperativa de los ciudadanos entre sí.

Es en el compromiso individual hacia los otros que se generan siempre consecuencias positivas, cuyo resultado siempre será el bienestar social y la protección recíproca. Es en el comportamiento de grupo, para sus integrantes y para la sociedad, donde se manifiestan las actitudes que producen consecuencias sociales a favor de la sana convivencia. Y es en ese actuar diario donde se construyen las condiciones sociopolíticas de inclusión, igualdad y equidad que permiten la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos, lo que deriva luego en comportamientos responsables que son pedagógicos para las generaciones futuras.

Una sociedad capaz de asumir e integrar distintos puntos de vista y formas de pensar, será capaz de avanzar lenta pero segura en la dirección correcta. Es decir, el sistema en su conjunto habrá evolucionado para refinarse.