Elecciones en regímenes autoritarios: Un juego dual en el que entran los partidos políticos

Fotografía: Federico Parra / AFP

Las dictaduras ya no son como antes. Los regímenes militares y de partido único parecen estar desapareciendo y, hoy en día, la mayoría de los autócratas organizan elecciones multipartidarias.

Desde este punto de vista, se hace necesario distinguir entre dos tipos de regímenes autoritarios: los autoritarismos cerrados y, los que Andreas Schedler llama, autoritarismos electorales. Los primeros, no permiten la competencia partidaria por cargos públicos o instituyen elecciones totalmente manipuladas, mientras que los segundos, mantienen una arena electoral.

Schedler también realiza una distinción, dentro de los regímenes autoritarios electorales, entre los regímenes autoritarios electorales competitivos y los hegemónicos. Para diferenciar entre uno y otro, el autor utiliza una medida de tiempo que llama el “umbral de diez años” y, además, les reconoce a cada uno ciertas características. Así, sostiene y demuestra que, del “menú de manipulación” de los dictadores, los regímenes competitivos, o aquellos en las posiciones más vulnerables, dependen más del fraude y de la represión. Mientras que los regímenes hegemónicos descansan más en la censura y en la exclusión de manera estratégica y preventiva en las fases tempranas del ciclo electoral, de modo que no necesiten depender tanto del fraude y de la represión cuando se lleven realmente a cabo las elecciones.

La idea misma del autoritarismo electoral conlleva la premisa de que las elecciones importan. Las elecciones autoritarias tienen un peso propio. Su mera existencia cambia el juego político dentro de las autocracias, alterando de manera dramática el comportamiento y las estrategias partidistas. Esto canaliza las energías de la oposición, principal aunque no exclusivamente, hacia los partidos políticos.

Como simplificación razonable que funcione para entender el comportamiento que tienen los partidos políticos como actores importantes en la política democrática, en principio, podríamos afirmar que: los partidos políticos se interesan de manera exclusiva por ganar votos y escaños. Si bien algunos autores señalan que a los partidos les interesa más bien una combinación de búsqueda de puestos públicos y de impulso de políticas,  para ello inicialmente necesitan ganar escaños.

Sin embargo, los contextos de regímenes autoritarios con elecciones alteran de manera dramática los objetivos y las estrategias de los partidos para alcanzar votos y escaños. En estos contextos de incertidumbre, los partidos entran en un juego dual; es decir, una situación en la cual los partidos entran simultáneamente en un juego electoral, en el cual su objetivo es ganar votos y escaños, y en un juego entorno al régimen, cuyo objetivo es influir en el resultado de los conflictos que aquejan a los regímenes políticos.

Es imposible entender en la actualidad a muchos de los partidos políticos venezolanos sin tomar en cuenta ambos objetivos (ganar elecciones y ganar en conflictos relativos al régimen) y ambos juegos (el electoral y el juego en torno al régimen).

Bajo el autoritarismo, el juego dual es dominante cuando la política electoral llega a ser importante. Algunos regímenes autoritarios realizan elecciones que, aunque no son libres ni competitivas, tienen consecuencias significativas. Estos son regímenes autoritarios basados en los que Sartori llamó “sistema de partido hegemónico”.

En el  juego en torno al régimen, los partidos de oposición orientan buena parte de su acción a fomentar un cambio de régimen. Una de las estrategias se concentra en provocar una transición hacia la democracia “portándose bien” o no pareciendo amenazantes al régimen, esto les permite existir y les brinda la oportunidad de ganar alguna elección, pues involucra la idea de una probabilidad de transferencia del poder. La otra estrategia se concentra en la deslegitimación, si bien esto le permite existir en cierta medida, no les da ninguna oportunidad de ganar elecciones. Así, más que intentar maximizar votos o escaños, pueden considerar retirarse de elecciones no competitivas para deslegitimar al régimen autoritario. En un juego de transición democrática del régimen, el esfuerzo por derrotar al régimen autoritario afecta fuertemente el comportamiento y la estrategia de un partido en la arena electoral. Ahora, dentro de una estrategia deslegitimadora un partido de oposición podría decidir retirarse de las elecciones; su objetivo central no es maximizar votos o escaños sino ganar más espacios dentro el contexto del régimen autoritario.

En un juego dual, el juego electoral y el juego en torno al régimen no son independientes, sino que se desarrollan de manera simultánea y depende el uno del otro. De manera importante, bajo el autoritarismo el juego en torno al régimen tiene prioridad sobre el juego electoral para los partidos de oposición. Éstos no pueden competir con la intención de gobernar si no hay un juego electoral limpio. El juego electoral podría no ocurrir o, si ocurre, sus resultados podrían no ser respetados si poderosos actores antidemocráticos (los militares o el partido de Estado, o la “ANC” en el caso venezolano) no lo permiten. Los partidos de oposición no necesariamente dan prioridad al juego en torno al régimen por encima del juego electoral, pero una competencia electoral limpia podría tener lugar sólo si el régimen existente cambia.

Frente al caso venezolano, existen evidencias que apuntan a que las elecciones en regímenes autoritarios pueden desencadenar un cambio político, si y solo si se ejerce suficiente presión sobre el régimen. Para ello, hay que tomar en cuenta que en Venezuela ya no puede ser considerada un régimen autoritario electoral competitivo, es decir, como un régimen autocrático que permite ciertas elecciones bajo ciertas condiciones mínimas de libertad. Por el contrario, Venezuela se ha convertido en un régimen autoritario electoral hegemónico, que descansa sobre la censura y la exclusión estratégica, creando un contexto en el cual no existe integridad electoral. Esto implica que las elecciones por sí solas no garantizan un cambio, pues, como indica Karl Popper: solo en una democracia, con instituciones y reino de la ley, las elecciones son el mecanismo para cambiar los gobiernos pacíficamente.

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Estudiante de Derecho, UCV. Becario Pro-Excelencia de la Asociación Venezolano Americana de Amistad. Consultor Académico del equipo estudiantil IURIS UCV.