El futuro de un país bajo la bota militar

Fotografía: Marco Bello | Reuters

Venezuela se ha convertido en un país de grandes contrastes y de desigualdades muy marcadas. Mientras un pequeño grupo lleva una vida ostentosa y llena de lujos, el grueso de la población no puede satisfacer sus necesidades más básicas.

El salario mínimo integral en Venezuela, luego de su último aumento se situó en 5 millones 196 mil bolívares, mientras un Coronel del Ejército percibiría 240 millones 678 mil bolívares.

Es un país en el que la mayoría de la población trata de sobrevivir con un ingreso de alrededor de 2 US$ mensuales, mientras el sector militar obtiene un ingreso cercano a los 80 US$ mensuales, unas 40 veces superior.

Si bien esos 80 US$ se encuentran alejados de los salarios mínimos en dólares de la región, los cuales se ubican alrededor de 400 US$. Hay que recordar que en Venezuela, un dólar rinde aproximadamente 3 veces lo que lo rinde en el extranjero debido a una serie de subsidios aún existentes.

Hoy en día la carrera militar en Venezuela se ha vuelto una de las mejores pagadas y las más rentables, incluso por encima de otras profesiones que cumplen roles fundamentales en el desarrollo de un país, como los médicos y profesores.

Esto aparte de los muchos problemas que causa a largo plazo en el desarrollo de un país, se ha convertido en un desincentivo para el empleo formal. Hoy en día, muchos profesionales han optado por emigrar en busca de un sitio donde sus estudios y su trabajo sea realmente valorado y recompensado como se debe, mientras otros han preferido dedicarse a la economía informal o a “exportar servicios” vía internet a cambio de unos pocos dólares, convirtiéndonos en manos de obra calificada y barata para el resto del mundo.

El auge del militarismo

Sin embargo, lo relevante en los de uniforme verde oliva que son quienes deben cumplir la función de resguardar la soberanía nacional, no es sólo que obtienen un salario que se encuentra muy por encima del resto de la población sino cada vez se adentran más en los puestos claves dentro del gobierno.

Si bien, el Presidente de la República se ha ufanado en muchas oportunidades de la “unión cívico-militar”, es más bien un equilibrio que se basa en la repartición de renta petrolera entre la elite gobernante y los castristas, con el único fin de mantenerse en la vanguardia del poder político.

Desde 2013, el sector militar no solo ha obtenido poder político sino que también se han convertido en empresarios que controlan sectores claves de la economía del país.

Pasaron a controlar los puestos claves en la infraestructura y los servicios del país y a controlar el comercio exterior a través de los puertos y las aduanas.

Y por si fuera poco se volvieron banqueros al crearse su propio banco, el Banco de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (BANFANB) y controlar el Banco de Venezuela. También se creó su propio canal de televisión (TVFANB), su propia empresa de transporte y custodia de valores (EMILTRA) y una empresa agrícola (AGROFANB).

Sin embargo, mientras más se achica la renta petrolera a repartir entre las dos elites antes mencionadas, el sector militar se ha hecho con cada vez más con los puestos estratégicos.

Y es por eso que a partir de ese momento pasaron a controlar la importación de alimentos y medicinas a dólares preferenciales, a través del Ministerio de Alimentación y la distribución de los mismos a través de la Gran Misión Abastecimiento Soberano.

El 10 de febrero de 2016 se estableció la Compañía Anónima Militar de Industrias Minera, Petrolífera y de Gas (CAMIMPEG), la cual es una especie de PDVSA pero militar y es a través de esta figura que se les otorgó un papel importante en el Arco Minero del Orinoco, en la extracción de oro, diamantes y coltán.

Finalmente, en noviembre de 2017, el poder militar se consolidó sobre la economía venezolana con el nombramiento de un Mayor General de la Guardia Nacional Bolivariana, como presidente de PDVSA. De esta forma, la elite castrense pasó a dominar el sector más importante de la economía, que aporta más de 95% de los ingresos en divisas de la nación.

Así hemos llegado a la peor crisis económica en la historia reciente del continente, mientras dos pequeñas élites forjan una alianza para apropiar y privatizar los excedentes de toda una sociedad, al resto solo le queda sobrevivir a partir de las dádivas que las élites otorgan con el fin de ejercer control social y así mantener su posición privilegiada.