Fotografía: M. Gutiérrez | EFE

Resulta inocultable el deterioro al que el modelo económico que promueve la Revolución Bolivariana ha sometido a la población desde hace casi veinte años y que se ha profundizado en poco menos de uno. Se está cosechando una siembra maquiavélica cuyo logro más palpable son los altos niveles de pobreza, los venezolanos ven con asombro como el bienestar y la calidad de vida se convierten en leyendas urbanas. Episodios inéditos como la diáspora en todas sus variantes son situaciones cotidianas, la mendicidad que compite con los perros callejeros por la basura que inunda las calles, personas famélicas que caminan como zombis por la gradual desaparición de algo tan elemental como el transporte público, el colapso de los servicios básicos: la electricidad, el internet, el agua o el gas cuyas tarifas no alcanzan ni para cubrir los gastos mínimos que generan, la pauperización del salario que ha hecho que consumos que eran rutinarios y parte del estilo de vida, se conviertan en lujos inaccesibles y un sinfín de situaciones, todas inmerecidas, todas injustas, todas producto de la mala gestión de un gobierno que vive en una maqueta, en un estudio de televisión donde todo forma parte del performance que intenta vender unos logros inexistentes, un castillo de arena que se derrumba con la primera vaguada del año.

Este colapso que se desarrolla como una telenovela por capítulos, en la que el fin no se vislumbra en el corto plazo, tiene varias artistas, el declive es político, social, moral y espiritual, pero todos tienen una base común: el económico. La economía se banaliza y se utiliza para precarizar, para controlar y crear dependencia hacia un Estado que se victimiza pero que a pesar de todo “protege a su pueblo”.

¿Intencionalidad o ignorancia?

La estrategia gubernamental precisó magistralmente que al distorsionar la economía podía generar situaciones (reales o imaginarias) en las cuales ir llenando espacios para convertirse en el principal benefactor de unos ciudadanos mermados en sus derechos y convertidos en esa masa homogénea y manipulable a la que denominan pueblo. Luego, aparecen en escena los enemigos invisibles, la contraparte, a la que se le asignan diversos nombres: guerra económica, la derecha, la inflación inducida, el imperio o la burguesía; los culpables sin rostro a los que nunca se les puede dar el castigo ejemplarizante, por una sencilla razón: no existen en el mundo real, son una estudiada elaboración que constituye un actor necesario para dar sentido al guion.

Se intenta manipular el desempeño económico ocultando cifras, como si de esta manera la hiperinflación, la escasez o la pobreza dejaran de existir, se pretende que la economía crezca o que la producción se reactive por el simple hecho de emitir un decreto o una ley, mientras que por otra parte se inunda el entorno con un discurso pasivo-agresivo, donde se llama a la paz insultando de manera soez al contrario, lo cual confunde las expectativas, se alejan las inversiones y con ellas las posibilidades reales que la economía pueda iniciar una senda de progreso.

Asimismo, de una manera ingenua rayando en lo infantil, se han establecido controles de precios completamente inoperantes y caducos para contener o disminuir la inflación, lo cual resulta ineficaz y ha contribuido a generar los mercados negros, lo que da por sentado que se desconocen las causas reales del problema o que deliberadamente se contribuye a empeorar la situación para lograr que el empobrecimiento se profundice y con ello dominar a la población teniendo como base al miedo.

Paralelamente y como política que contribuye a incrementar los niveles inflacionarios, se decretan continuos aumentos de salario mínimo, cada vez más seguidos, para crear una falsa ilusión de mejora en la capacidad de compra. Una carrera infinita en la que los salarios jamás alcanzarán a los precios y que se han convertido, vergonzosamente en un motivo de logro y orgullo.

A fin de cuentas, el gobierno como promotor y causante de la crisis económica, aprovecha la coyuntura para presentarse como salvador y se inventa misiones, planes y más recientemente un Carnet sectario con el cual pretende, apalancado por su matiz populista, otorgar subsidios directos con un dinero del que no dispone, generando un gasto que monetiza por medio de una de las instituciones más desacreditadas y objetivamente la responsable del inédito proceso hiperinflacionario: el Banco Central de Venezuela.

Entonces, al final vemos una débil institucionalidad que funciona como apéndice del partido de gobierno propiciando desequilibrios económicos que se pretende solventar intentando desesperadamente ideologizar una ciencia, lo cual ha resultado y resultará inútil sencillamente porque la economía no tiene color político, pero sí leyes. Y precisamente esas leyes son inquebrantables, son exactas a nivel matemático, no son susceptibles de sobornos o extorsiones, no se corrompen ni sienten miedo. Están blindadas ante cualquier intento de manipulación, son implacables y si no respetan, generan caos y pobreza. La economía no se pone la camisa roja, tiene intacta su dignidad, no es susceptible de sobornos o extorsiones y paradójicamente, no tiene precio.