Desmantelando la esperanza

La mejor forma de entender lo que ha hecho la Revolución Bolivariana, es recorrer Venezuela por sus muy deterioradas y gastadas carreteras, las mismas que construyeron Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez en la primera mitad del siglo XX, las de siempre, las de toda la vida, las que parecen callecitas.

No importa el destino, la destrucción es palpable a cada kilómetro recorrido: galpones vacíos, comercios cerrados, avisos oxidados con nombres que apenas pueden leerse, ruinas de restaurantes que fueron iconos del turismo nacional, como Sortilegio, en la autopista que une Barquisimeto-San Felipe dan muestra de los daños colaterales del Socialismo.

El paisaje que se divisa de Valencia es un cementerio de industrias abandonadas, locales de comida rápida convertidos en ruinas, marcados por graffitis y llenos de monte, espacios para guaridas del hampa que acecha en las carreteras. La infinidad de ranchos de madera o latón, sin servicios mínimos; eso sí, con el afiche del causante de la desgracia en la puerta, están por todos lados.

También saltan a la vista las obras inconclusas del gobierno bolivariano. La más emblemática: las vías de un tren que nadie entiende ni de dónde viene, ni para donde va. El tren de la desidia, un monumento a la corrupción, un elefante blanco que nunca culminará. No hay culpables, ni tren, solo unas vigas enormes, del tamaño del robo que hicieron unos y que también sufren los embates del tiempo y se van deteriorando, desapareciendo entre la maleza que crece y los cubre como intentando ocultar la desvergüenza.

También están, los invernaderos hidropónicos que sirvieron de escenografía para varios programas dominicales del difunto expresidente bolivariano, ahora convertidos en escombros, solo quedan las vallas publicitarias del experimento socialista de un país potencia que nunca será. La estafa comunista para una foto. Tampoco hay culpables, tampoco hay girasoles, ni siembras. Lo que si debe haber son cuentas bancarias en dólares de los beneficiarios del engaño.

Seguimos y el paseo se vuelve tenebroso al ver lo que fueron ciudades industriales transformadas por la magia negra del socialismo en zonas abandonadas, oscuras, grises porque el alumbrado público es inexistente, otro checklist para el país potencia.

Este panorama se extiende a todo lo ancho y largo de un país que está siendo desmantelado poco a poco, de donde su gente se va y se lleva con ella un pedacito de la alegría de lo que alguna vez fue. Nos volvieron expertos en origami para meter vida y recuerdos en dos maletas.

Resulta complicado entender cómo en un país empobrecido con intencionalidad por su gobierno, exista la posibilidad que el autor material e intelectual de esto tenga la primera opción para ganar unas elecciones. Es, desde cualquier punto de vista, algo ilógico, una aberración política, un chiste macabro del destino. Pero lamentablemente, es así. Pareciese que las personas que aún votan por ratificar la destrucción, no vivieran en carne propia las consecuencias de las políticas públicas ejercidas por el gobierno bolivariano o que sencillamente, las disfrutan.

Y así, el país es una ruina, la gente huye en manadas, las pocas empresas que quedan hacen esfuerzos titánicos por mantenerse pero ¿Por cuánto tiempo más? Inevitablemente, el nuevo Plan de la Patria viene a llevarse los escombros de lo que queda de la iniciativa privada. Si alguien lo duda, refresquen las historias de Cuba y la ex URRSS. En el socialismo solo hay cabida para las empresas que tengan el color político del partido de gobierno, el resto irá desapareciendo. Esto es lo que hemos vivido lentamente, no hay ningún indicio que vaya a ser distinto.

¿Hay esperanza? Siempre. La fe es la certeza que las cosas van a cambiar. Ha ocurrido en otros países, no deberíamos ser la excepción.

Entonces, viendo este panorama desolador, queda pensar en la posibilidad de la reconstrucción, cosa que solo podrá hacerse cuando se haya desterrado por completo el Socialismo del Siglo XXI. Antes no.

¿Cuándo? Indeterminado. Posiblemente cuando entendamos que los políticos no son los responsables de los cambios que requerimos, que debemos, de una vez por todas, dejar de autodenominarnos “pueblo” y pasar a ser “ciudadanos” para asumir la responsabilidad compartida que tenemos en la construcción del país que queremos y nos merecemos y tristemente la que tenemos por haber permitido que las cosas llegaran a estos niveles.

Es inaceptable seguir siendo espectadores del desmantelamiento del país y limitarnos a la queja estéril, la crítica absurda y la espera infantil de que otro venga a resolverlos este problema. Lamentablemente, cada día que pasa la situación se complica ante la mirada inerte de los venezolanos de bien, la desesperanza nos está ganando la batalla y eso solo le conviene a un solo lado de la ecuación: al lado rojo.